Mo Yan es de los escritores a quienes les gusta usar palabras grandes para describir situaciones pequeñas. Crea universos satíricos, fantásticos, complejos y al mismo tiempo líricos, necesarios para describir la China de hoy. Sus personajes, sacados de una cotidianidad rural, se mueven en líneas sutiles de ironía, casi de forma ingenua, ofreciendo a los lectores un panorama de las contradicciones típicas de un país que pasó de ser enteramente campesino a uno moderno en apenas un par de décadas.
Es por esto que la literatura de Mo Yan resulta mágica, al igual que lo era la de los escritores a quien cuenta como sus grandes inspiraciones: Gabriel García Márquez, William Faulkner o Italo Calvino. Como ellos, Mo Yan buscó ser un gran narrador, partiendo de la China campesina y vieja para hablar del hoy. Esa estética literaria, que la crítica ha bautizado como “realismo alucinatorio” y que la Academia Sueca de las Ciencias describe como “una fusión de un realismo visionario, cuentos populares, historia y contemporaneidad”, le han hecho merecedor del Premio Nobel de Literatura este año.

“Uso el pasado para describir el presente. En mis historias, los lectores pueden encontrarse a sí mismos y a nuestra sociedad”, contaba Mo Yan en una entrevista con China Files hace dos años, subrayando que esta sociedad, a pesar del progreso y desarrollo, “ha visto el aumento de la desigualdad entre ricos y pobres y está destruyendo el ambiente”.

Las raíces de Guan Moye -cuyo pseudónimo significa “el que no habla” en mandarín- vienen del campo, de una familia pobre que se debatía como comer. “Decidí coger una hoja y un papel cuando un amigo me dijo que un escritor comía tres veces al día. Tres comidas, mientras nosotros veíamos a la gente morir de hambre”, contaba. Pensó que sería una labor sencilla, pues solo debía relatar las historias tradicionales chinas. Mientras estuvo en el ejército, se dedicó a oír cuentos y leyendas, mientras leía los grandes clásicos. Años más tarde afirmó que ese material oral se convertiría en la base de la mayoría de sus libros.

A Mo Yan le obsesiona narrar los cambios y los vaivenes vividos a lo largo del siglo XX por la China rural, comenzando por la aldea de Gaomi donde nació en 1955. En La vida y la muerte me están desgastando evoca, a través de la voz de un terrateniente asesinado que reencarna como un burro y otros animales, la manera como se vivieron la Revolución Cultural y la Gran Hambruna en el campo. En Sorgo rojo, su novela más conocida y que fue llevada al cine por el director Zhang Yimou, presenta un panorama desolador de una aldea arrasada por la guerra y la violencia. En La república del vino, una historia detectivesca en torno a un incidente de canibalismo sirve como telón de fondo para una feroz sátira sobre la corrupción y los excesos cometidos por funcionarios públicos en los pequeños pueblos.

Esta capacidad narrativa le ha servido para reconstruir la China campesina de una forma jocosa pero a la vez punzante. Pero siempre con un delicado toque de ironía: Mo Yan nunca habla abiertamente de las situaciones paradójicas, sino que las metaforiza y mimetiza tan bien que nunca ha tocado fibras sensibles para el gobierno y ha logrado esquivar sin problema la censura, que en China no es una práctica sistemática, sino mas bien ambigua y muy sutil.

Casi siempre, porque su libro Las baladas del ajo fue prohibido por narrar la huelga de unos campesinos que protestaban contra un gobierno local que les obligaba a sembrar ajo pero luego no se los compraba. El libro, publicado en 1989 durante las protestas en Tiananmen, fue sin embargo autorizado de nuevo cuatro años después y hoy goza de gran popularidad.

Y aunque Mo Yan es reconocido en su país como uno de los mayores autores del siglo XX, pocos chinos apostaban que ganaría un Nobel. No sólo porque consideraban que el japonés Haruki Murakami era superior, sino porque creían poco probable que un escritor que ha sido tan criticado por su cercanía con el gobierno chino y el Partido Comunista pudiera llevarse un premio similar al que recayó en el disidente y activista de derechos humanos Liu Xiaobo, galardonado con el Nobel de Paz en 2010.

En efecto, el ser tan políticamente correcto le ha granjeado una percepción negativa dentro del mundo artístico chino. “Creo que los organizadores del Nobel se han distanciado de la realidad con este premio”, señalaba el célebre artista Ai Weiwei apenas se enteraba de la noticia.

Y quizá sea parcialmente cierto. Mo Yan vive gracias a un sueldo pagado por el Ejército de Liberación Nacional y ejerce como vicepresidente de una asociación literaria respaldada por el gobierno chino. También ha defendido públicamente su país, como cuando abandonó la Feria del Libro en Francfort en 2009 –con China como invitada de honor- en son de protesta por la presencia de escritores disidentes chinos como Dai Qing y Bei Ling.

El rol de Mo ha sido similar al del cineasta Zhang Yimou, quien se convirtió en el director de colosales obras que exaltan la grandeza china alejándose de sus anteriores obras más complejas como precisamente la adaptación cinematográfica de Sorgo rojo. En cierta forma, los dos han optado por mimetizarse con el sistema para continuar su proceso creativo.

¿Un premio con intención?

Mo Yan se convierte así en el primer Nobel que China decidirá aceptar. Hace doce años el novelista Gao Xingjian ganaba también el Nobel con su prosa de corte espiritual y autobiográfica, pero China optó por no reconocerlo como propio. Al fin y al cabo, Gao había solicitado asilo político en Francia y se había mostrado muy crítico durante las revueltas de 1989, razones suficientes para que le cayera como anillo al dedo la frase que alguna vez soltó el ex presidente de facto argentino Roberto Viola sobre Julio Cortázar. “Que yo sepa, ese señor es francés y no tiene nada que ver con nosotros”, señaló el integrante de la junta militar.

La red china se vio inundada de comentarios llenos de orgullo y alabanza, ratificando que la “verdadera” literatura china circula cada vez más a nivel internacional. Pero también fueron apareciendo algunas voces de descontento. “Mo Yan ganó el Nobel. ¿Está protegido por el espíritu de Mao Zedong? ¿Cuándo entregue el premio agradecerá al Partido y al Presidente Mao?”, escribía el reconocido periodista Michael Anti. “¿Cómo se gana un premio Nobel en China? ‘No hablando’”, decía el fotógrafo y escritor Liu Miao.

Sin duda resulta paradójico que el premio de Mo Yan llegue apenas dos años después de que el Nobel de Paz recayera en el aún detenido Liu Xiaobo, desatando una crisis diplomática aún sin resolver con Noruega y que afectó profundamente el comercio de salmón entre ambas naciones. Para muchos, el galardón es un cálculo político destinado a reivindicarse con un país que ocupa un espacio cada vez más central dentro del orden global.

El país asiático ya no sólo llena titulares políticos y económicos, sino ahora también culturales. Esa parece ser la conclusión de un año que le ha traído el premio Pritzker de arquitectura a Wang Shu y ahora el Nobel de literatura a Mo Yan. Los dos galardones son un claro reconocimiento al ascenso de China en la escena internacional y a su innegable fuerza creativa, pero al mismo tiempo constituyen una señal de aliento a sus voces artísticas más complejas y, hasta cierto punto, independientes. No se trata de disidentes, como lo es Liu Xiaobo, pero sí de artistas cuyas obras plantean profundas -y en ocasiones cáusticas- reflexiones sobre la vertiginosa transformación de la sociedad china y que navegan la fina línea entre lo que se puede y lo que no se puede decir.

En el caso de Wang Shu, se premiaba una arquitectura austera pero lírica, que apostaba por técnicas artesanales y materiales reciclados de demoliciones. Es decir, una puesta en valor de la tradición y una antítesis a la galopante modernidad china, pero formulada de una manera que no resulta incómoda. Entre tanto, Mo Yan es un escritor que cuestiona la sociedad sin pisarle los callos a nadie, ni adentrarse en territorios incómodos.

Con Mo Yan gana finalmente un intelectual cercano al gobierno chino. Uno que ha manejado bien la fina línea entre la vida y la ficción. Sarcástico y mordaz en su literatura, pero dócil y callado en la vida real.

Reportaje publicado en El Tiempo (Colombia)



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