Una novela china (novena entrega)

In by Andrea Pira

Los padres de Yin eran dos campesinos delgados, vestidos de azul, y sorprendentemente jóvenes para tener un hijo de diecisiete años. Gente muy aplomada, que nunca se reía, aunque Lu Hsin no podría asegurar plenamente esto último porque no los había tratado mucho, y lo que parecían en esta ocasión no debía de ser característico: la partida del hijo, o los conmovía, o los dejaba indiferentes, y ninguna de las dos emociones era para soltar la risa. Aunque, si lo pensaba bien, no recordaba haber visto reírse mucho a Yin en todos estos años, y ni siquiera sonreír con frecuencia. El giro peculiar de la cortesía del joven lo hacía mortalmente serio. Ultima entrega de esta interesante novela, escrita por el argentino César Aira.
9

Sus tres hermanos también estaban presentes, tan adustos como los padres. Eran menores que Yin, entre los doce y los quince años, todos altos y delgados. Se mantenían al margen, obviamente se hallaban incómodos, y se habrían dejado cortar los brazos antes que estorbar en los últimos preparativos. Quién sabe por qué motivo la familia entera había ido a dar la última despedida al hijo mayor a casa de Lu, donde los recogerían los comisarios de viaje para llevarlos al aeropuerto militar.

La señora Whu había hecho desde el comienzo como si no los viera. No quería tomarse la molestia. En realidad, hacía como si no viera a nadie; entrecerraba los ojos, decidida a permanecer ajena. Hin en cambio los había convidado con té, trabajo que no pudo tomarse Lu ocupado como estaba decidiendo qué llevaría. Había dejado para último momento la preparación de su bolso, para no darle a su ausencia una importancia mayor de la que tendría, y como era por quince días, estaba indeciso respecto de las dimensiones del equipaje: a la vez demasiado poco tiempo para llevar mucha ropa (especialmente por cuanto estaban en verano), pero no tan poco como para ir con lo puesto y una muda más, como había hecho siempre en sus viajes, que nunca habían sido tan demorados, y tan lejos. A su edad, conocería Pekín. Pero nadie de los que estaban presentes esa mañana conocía la capital. Sentía que podía ser de mal gusto quitarle toda importancia al asunto.

Les dio recomendaciones a la señora Whu, que no prestó atención, y a Hin, que le dio la impresión de que le prestaba un exceso de atención. De modo que no dijo mucho. Pensaba, molesto, que la casita no mantendría su cohesión durante la quincena. ¿Y no era acaso una dispersión, la casa misma, no había seguido durante estos últimos quince años un proceso de desvanecimiento en el espacio? Ya era un solo ambiente, abierto por los cuatro costados al exterior (una cuarta parte de la casa se había vuelto galería exterior). Después del desmantela-miento de la oficina el año anterior, al cesar la aparición de la Gaceta, la salita se había ampliado, y los tres dormitorios habían perdido sus tabiques, transformados en biombos plegadizos. Todos los que la visitaban coincidían en que era la casa "más rara" de la Hosa. Era coherente que ahora, de pronto, su dueño y constructor saliera volando por los cielos.

Al fin de cuentas no habían desayunado, con el trajín, y a esta hora no valía la pena almorzar; él por su parte no lo lamentaba, pero le preguntó a Yin si no quería comer algo. Se sentaron y tomaron una taza de té con un bizcocho, y hubo un momento en que todos los otros (a los que se había sumado la señora Kiu) estaban alrededor de la mesa en silencio mirándolos comer.

Hasta que oyeron el ruido del camión que los venía a buscar. Se despidieron deprisa, nerviosos, y subieron a la cabina, donde además del soldado que manejaba había un oficial al que Lu conocía. Atravesaron la aldea en una nube de polvo, y tomaron el camino ascendente hacia el aeropuerto, que dos años después de su instalación seguía siendo muy primitivo, de tipo provisorio. El oficial los llevó a tomar té, y les presentó al piloto, un hombre de unos cuarenta años, de uniforme arrugado, que habló poco. Estuvieron cerca de una hora en las barracas, y a Lu le divirtió ver el modo en que trataban a Yin, guardia rojo de prestigio en la provincia. Un colegial maoísta como él, pura adolescencia y obviedad, estaba tan lejos de la realidad como se podía estarlo, y sin embargo estos hombres que dominaban la mecánica y la técnica de objetos tan reales como los aviones mostraban una deferencia permanente hacia su persona. Por lo visto, representaba un misterio. Era muy saludable para un intelectual representar al misterio de la mente.

Al fin los invitaron a subir al avión; era un cuatrimotor muy bien pintado por afuera, pero por dentro algo maltrecho. Había una decena de asientos atornillados al fuselaje, y sólo habría un pasajero además de ellos dos, un oficial del ejército, viejo y enfermo, con cara amarilla de mandarín. La tripulación parecía compuesta de jovencitos gordos presas de la distracción. Se ajustaron los cinturones, como les habían dicho que debían hacerlo para el despegue, y esperaron. El avión corrió un poco sobre el terreno, de pronto dio un salto y empezó a inclinarse. Lu miró por la ventanilla: increíblemente (habría jurado que la inclinación era imperceptible, y que habían subido unos pocos metros) tenía el horizonte en una línea casi vertical delante de él. Yin estaba pálido y miraba el vacío. Vio dar una vuelta completa, en el sentido de las agujas del reloj, a la línea del horizonte. Estaban girando para apuntar al norte, adonde se dirigían. A medida que ganaban altura, más despacio parecía ir el aparato, hasta que fue como si se detuviera. "Ahora nos caemos", pensó Lu. Pero no sucedió tal cosa.

Por el contrario, desde allá arriba, para su maravillada sorpresa, tuvo la visión de toda la Hosa. Estaban muy, muy alto; como los pájaros, o más. Allá abajo veían las aldeas… La que estaba más cerca, abajo del avión -pero ya la dejaban atrás- era la suya. Las casas parecían iguales, rastros de animales pequeños, construcciones sin seriedad, dibujos vanos. Toda su vida había transcurrido ahí. Pero no pudo distinguir la suya, o no se tomó el trabajo de buscarla. La vida de los hombres se desarrollaba en esa clase de ciudades, y podía transcurrir una vida entera sin que salieran de ella (Kant nunca había salido de Kónigsberg) e incluso sin mirarla desde tan alto (Kant, como es obvio, nunca había volado en avión).

De inmediato, en una especie de quietud móvil que no había experimentado antes, otra aldea, igual a la suya…

¿O ésta era la suya? ¿O ninguna de las dos? Y una tercera, y la cuarta, como puñados de piedrecitas arrojados al azar en las praderas. Y entre ellas el Qu, en el que demoró largamente la mirada. Tal como le habían dicho innumerables veces los viejos, el curso original del río había desaparecido con los distintos trabajos hidráulicos. Pero ese curso original en realidad no lo era tanto, porque ya desde época inmemorial el Qu había sido puesto al servicio de los cultivos de la Hosa. Le parecía en cierto modo que estaba mirando algo así como su propia obra, un dibujo que él había venido haciendo lentamente, sin proponérselo, a lo largo de los años. Y si hubiera pensado alguna vez, durante esos años, que la línea terminaría formando un dibujo inteligible, ahora podía comprobar que no era así.

Después del río, otros objetos se dieron a ver, mucho más intratables: las montañas. Las montañas Verdes se veían verdes a la luz del mediodía de verano, pero más aún se veían sólidas, grandes como un vuelo que otro hubiera hecho antes que él. Se dijo que en el caso de haber tenido ese panorama ante la vista durante largo tiempo podría haber llegado a entender la pasión estética de los occidentales por las montañas: vistas desde abajo, eran una grandeza que colmaba nuestra necedad; desde arriba, eran lo necio materializado colmando la grandeza de nuestros sueños. En cualquier sentido, sugerían lo real. Aunque en su vida, qué curioso, habían sugerido quizás otra cosa. Considerado todo lo cual, el viaje en avión se le ocurría una forma primitiva de la pintura, incluso una forma previa de la pintura, que casualmente había sucedido después. Al mismo tiempo, confirmaba lo que siempre había pensado de los mapas, esa inutilidad que derivaban de la visión perpendicular, con la que todo se volvía igual.

Que el hombre lograra llegar a esa forma de visión en algún momento de su vida no significaba nada especial: él mismo podría no haber viajado nunca en avión, de no haber sido por la invitación del Partido, y el ingreso de Yin en la universidad. No, definitivamente la pintura estaba en un alba lejana respecto de la mirada del hombre. Era extraordinariamente inactual. La ciencia del futuro, para la cual era inevitable saltar el presente. Había más bien que retroceder en la historia para hallar algo que explicara su advenimiento en el porvenir; si la pintura era el procedimiento opuesto a la cartografía, sería preciso remontarse a aquellos reinos combatientes en los que todavía, por ausencia de paz, no se suponía que pudiera haber relatos de guerras, sino sólo el fragor del combate en el que no hay punto de vista posible, apenas el giro y el espanto de evitar la muerte prematura. En ese caso, ¡qué pérdida de tiempo era viajar en avión!

Y entonces… entraron en una nube, suave y fluidamente, sin aviso previo. Y Lu debió desdecirse de todo lo que había estado pensando hasta ese momento, a medida que se adentraban en esas magníficas nieblas suspendidas. Todo se borraba… y el ciclo de la pintura se había cumplido. Porque ahora entraba un elemento extra: la poesía algo esnob de saber que esa niebla constituía una nube, una de las maravillosas nubes que se veían desde la tierra, como lo inalcanzable. Entonces, había que mudarse de ojos, hacerlos ajenos para siempre (sobre todo porque aquí adentro no se veía nada) y mirar hacia arriba con ellos.

Yin se había recuperado, y ahora miraba con aire pétreo la nube que tocaba la ventanilla. Lu Hsin dormitó brevemente, por efecto de la altura, y tuvo una visión fugaz de Hin en la casa. Se despertó no bien la hubo reconocido y se volvió hacia Yin, a quien vio atento, mirando siempre en dirección a la ventanilla.

-¿Querrías casarte con Hin cuando termines los estudios? -le preguntó-. Supongo que ella te esperaría con gusto.
Yin pareció sobresaltado apenas una fracción de segundo, y después pensó un momento algo más largo (pero se notaba que no era una reflexión de verdad; hacía "ritmo", en el tiempo compacto de reacción a una trampa), y apartó la vista de la ventanilla.
-No -dijo.

Era lo que había supuesto, después de todo. Yin era un joven convencional, y seguramente sus sueños se limitaban a casarse con una condiscípula de la universidad. Los guardias rojos eran terriblemente convencionales. Estaba bien así. Era un mecanismo de supervivencia. Además, Lu no había decidido nada respecto de Yin en los dos años transcurridos desde su iluminación en el jardín: no sabía siquiera si debía amarlo.

La alternativa real coincidía con la duda que supuestamente debía resolver: eran pensamientos ligeramente fuera de lugar. El mismo se sorprendía en accesos de extrañeza: si realmente era un sodomita (y había llegado a viejo sin saberlo), debería actuar en consecuencia. Y si no lo era, ¿qué motivos tenía para confirmarse en el mundo? Por momentos sentía que en su vida, en su larga vida, había habido un error, pero no acertaba a encontrarlo. ¿O sería un error difuso, hecho de pequeños fragmentos que debía armar como un rompecabezas? Ni siquiera así. La vida le parecía algo demasiado monótono y homogéneo como para aislar un detalle y cargarlo con un significado especial.

Después de una prolongada ensoñación, volvió a mirar por la ventanilla y vio que habían salido de entre las nubes: la tierra estaba visible, y siguió así durante casi toda la tarde. Y allá abajo se desplegaba la China, el país más grande del mundo, el más bello y laborioso, patria de las artes y las ciencias, cuna de la Revolución. Era delicioso verlo, y al mismo tiempo imaginarlo. Todas esas personas… ¿Cada una habrá hecho lo que yo?, se dijo Lu. Pasaban sobre campos meticulosamente recortados, sobre arrozales que brillaban como espejos, sobre pasturas de caballos que eran miles y miles de puntos negros sobre un verde brillante, sobre ciudades que desde lo alto parecían maquetas, sobre ríos con barcos y carreteras como hilos sinuosos. Sí, qué duda había, todos habían hecho lo que él, y más también. Sólo había que saber verlo.

Y esa visión lo llevó a pensar otra cosa, en la que no pudo dejar de sentirse perplejo. Pensó que él mismo, con su sentido práctico, con su utilidad enciclopédica, con sus idas y venidas y mil ocupaciones… siempre había sido un patriota. En ese sentido, no tenía nada de extraño que el Partido Central lo invitara a hacer una visita a la capital, acompañado de su discípulo Yin Chiang-He. Quizás no lo habían pensado, pero de todos modos habían acertado. Entonces vio a Pekín en el horizonte, toda en blancos y rojos, inmensa y misteriosa como una aurora.

En realidad, la excursión se demoró algo más de quince días, porque al cabo de su visita a la capital fue invitado a unirse al tour a la Gran Muralla que se organizaba semanalmente. Iría sin Yin, que se despidió de él para marcharse a Shanghai. Lu Hsin no rechazó la invitación, por cierto, pero de todos modos demoró su entusiasmo. La Gran Muralla siempre le había parecido un fenómeno imaginario, y se decidió a recorrerla, si eso era lo que se hacía, con la displicencia de lo inevitable. Cuando uno se ha pasado toda una larga vida pensando en un objeto, puede resultar incómodo ser transportado a los pies mismos de ese objeto, donde la admiración sólo puede manifestar una pálida obviedad.

Para colmo, lo afectó un virus un día antes de salir de Pekín, y al llegar al Hotel de la Muralla pasó dos días en cama, sin poder acompañar al contingente de personalidades. Pusieron a su disposición un avión militar para regresar directamente a la Hosa, y el día antes de abordarlo, un jueves (le pareció astrológicamente apropiado) por la tarde, un día fresco y verde, se presentó solo para hacer el reconocimiento, acompañado del guía, que era un cuadro de mediana edad.

-Aquí está -dijo el guía cuando se apearon del jeep-. ¿Se la imaginaba así?
Lu levantó la vista.
-Más o menos, o ligeramente más baja.
-Es que estamos demasiado cerca. ¿Preferiría retroceder un poco? Claro que después habría que volver.
-Puedo seguir imaginándome que estoy ligeramente más lejos, si es por eso -dijo Lu, que deseaba a toda costa evitarle trabajos inútiles a este buen hombre.
-¿Quiere que entremos?
-Oh… De modo que se "entra".
-¿Para qué creía que servían esas puertas, si no?
-Debí haberlo pensado… Pero confieso que no se me cruzó por la cabeza.
-Es curioso: las cosas reales y tangibles tienen ese efecto.
Entraron. El guía le advirtió que tendrían que subir escaleras.
-No hay problemas -dijo Lu-. No sufro de vértigos.
-Por suerte la altura de los peldaños es perfectamente regular.
-Es una modesta virtud que tienen casi todas las escaleras.
-Lo felicito por su benevolencia. Si usted fuera a todas partes con un centímetro en el bolsillo, cambiaría de opinión.
-Me temo que también cambiaría la opinión de mi distinguido prójimo sobre la solidez de mi razón.
-Ya llegamos. Acérquese a este lado. Es el lado que importa. Aunque ahora, todo es la China.
-Siempre lo fue.
-No crea. En fin… Caminemos un poco, si quiere.

Caminaron una veintena de metros por la muralla. El guía vio que la mirada de Lu Hsin se perdía en la cinta sinuosa por las colinas.
-No me pregunte cuánto mide. Debería saberlo, pero de vez en cuando las cifras se me borran. -Se quedó pensativo unos pasos-. En realidad, no sé gran cosa sobre esta… edificación. Supongo que un historiador aplicado podría darle más datos.
-No tiene importancia.
-Yo solamente estoy aquí.
-Ya veo.
-Ejem. ¿Por dónde querría empezar?
-Bueno… -dijo Lu un tanto desconcertado. Por su parte, había creído que ya estaban terminando.
-Usted dirá que no hay por dónde empezar. En cierto modo, es como si la Muralla fuera circular.
-Tiene algo de eso.
-Es la impresión que debería dar. Pero hay una diferencia de peso entre los guerreros y los turistas. Había una gran luna diurna, ligeramente amarillenta. El guía se la señaló.
-¿Sabe lo que dicen?
Lu hizo un gesto afirmativo. "La única construcción humana que se vería desde la luna es la Muralla China."
-Desde niño me han intrigado los lugares comunes -dijo el guía-. ¿Por qué tienen que hablar siempre de ese espectador en la luna? ¿Y cómo pueden estar seguros de que realmente vería la Muralla?
-Supongo que algo tienen que decir.
-Sí, pero aun así es tristísimo.
-Que haya un hombre en la luna -lo rectificó Lu con calculada solemnidad-, es extraño.
-En efecto: sería un hombre menos en el mundo. Eso es consolador. De hecho, todo el asunto tiende a una identificación de la Muralla con la luna, pero no acierto a entender con qué motivo se lo pensó por primera vez.
-Quizá quiere decir -arriesgó Lu- que la China está tan apartada del mundo como la luna.
-Es una posibilidad. Sí, podría ser.

Siguieron caminando rumbo a la tronera siguiente. Estaba más lejos de lo que parecía a primera vista. Unos turistas a lo lejos se hundieron en un seno y dejaron de verlos. Ahora les parecía estar inmensamente solos.
-¡El gran monumento al keynesianismo! -exclamó inesperadamente el guía.
-¿Qué?
-Según lo veo yo, que soy un autodidacta, señor, la construcción de este dispositivo no sirvió más que para su construcción.
-¿Para dar mano de obra?
-Sí. Pero trascendentalmente.
-Ahora que la veo en persona -dijo Lu asomándose una vez a la cara norte- debo reconocer que no me parece tan desatinada.
-Lo es, lo es. Mucho más de lo que parece. Es simplemente una mala idea geográfica.
-Quizá en la estrategia de la época…
-Oh, no hay épocas en eso. El arte de la guerra es lo único que se mantiene igual. Es como si los antiguos hubieran tenido aviones. Exactamente igual.

Lu no le pidió explicaciones por esta aseveración tan curiosa. Estaban a medio camino entre las dos troneras, y se detuvieron a fumar un cigarrillo.
-Además -dijo el guía-, aquí en realidad nunca hubo guerras. Y no porque esto haya servido como disuasión. Usted sabe… hay un momento en que las guerras se vuelven inútiles, y en nuestro país siempre lo fueron.
-Pero no pensemos en guerras reales -dijo Lu, pensativo-. Supongamos dos ejércitos posibles, uno de un lado y otro del otro de la muralla.
El guía soltó una carcajada.
-¡Qué estorbo inenarrable! No podría estar más de acuerdo con usted, señor.
Arrojaron las colillas, las vieron recorrer un arco rectificado por la brisa, y siguieron caminando.
-¿No trajo una cámara?
-No, desdichadamente no tengo.
-No sé qué otro recuerdo podría llevarse de este sitio.
-¿Se fotografían mucho aquí?
El guía abrió los brazos:
-¡Todo el tiempo! Es chocante.
-Se me ocurre una cosa: ¿qué hay abajo?
-Nada.
Lu asimiló la información, pero no se sintió capaz de hacerlo "trascendentalmente".
-De todos modos -dijo-, es una lección de arquitectura.
-Ah, si vamos a empezar con eso. No veo qué lección puede haber en levantar una pared.
-Están las dimensiones…
-Lo que sucede, señor, es que siempre están las dimensiones, así haga usted un retrete.
-Me refería a las dimensiones grandes.
-Son las más constantes -dijo el guía.

Lu Hsin le dio la razón en su fuero interior. Pero se explicó:
-Cuando se superan ciertos límites, siempre se choca con la idea de la repetición.
-Aquí hubo una buena dosis de eso.
-Siempre hay una buena dosis de eso -dijo Lu parodiándolo involuntariamente. El guía lo miró, con cierta sorpresa.
-¿Se refiere al amor?
-¿Por qué me lo pregunta? El guía se encogió de hombros. Ya llegaban a la segunda tronera, que era exactamente igual a la primera.
-Por aquí también podríamos bajar.
Lu Hsin se mantuvo impávido.
-¿Quiere que volvamos? -le preguntó el guía.
-¿Qué otra cosa podríamos hacer?
-Podríamos seguir caminando por aquí arriba hasta sentirnos absolutamente aburridos.
-No lo dudo. Volvamos.

Emprendieron lentamente el regreso.
-Qué hermosos cielos -dijo Lu por decir algo.
-Toda una lección de arquitectura.
-No creo que nos estén mirando desde la luna.
El guía se volvió a mirarla.
-No, ni siquiera como metáfora.
-Pero todo esto -dijo Lu- es una gran ocasión poética.
-Supongo que es por eso que no la echan abajo. Hay algo que conmueve en la cuestión en general, pero nadie acierta a localizarlo. Yo sostengo que esta Muralla tiene un toque psicológico. Uno se pregunta: ¿Qué será de nuestras vidas?
-Habría que pensarlo detalladamente.
-Yo lo hago, señor, cada día que pasa. He abandonado los estudios, a los que fui tan dado; este trabajo no predispone al progreso intelectual. Pienso, vagamente, es decir, enumero, mis renunciamientos mundanos. Pero también los veo en general, como un círculo recortado en el viento. A mi modo, soy un taoísta. Cuando uno lo ha abandonado todo, puede decirse que le queda la contemplación del vacío, y es lo único que veo aquí donde todo el mundo ve el espectáculo más memorable de sus vidas… ¿Quién no ha pensado mucho en la Gran Muralla? Pues bien, vienen a verla. Yo también la he visto. Pero eso no me dispensa de la existencia. Y lo más curioso es que no es un punto extremo, sino un borde, un borde desmesurado. -Se quedó en silencio unos pasos, y después dijo-: Me siento como un exiliado. Ya no sé dónde vivo.

-Yo volveré a mi casa mañana mismo.
-¿Tiene esposa?
-No.
-¿Qué hará?
-Hasta hoy mismo creía amar a alguien, muy secretamente. Ahora empiezo a ver que no vale la pena. Ya sabe… -dijo señalando la Muralla y el horizonte-: tendría que reemplazarlo por otro que lo significara plenamente, y esperar muchísimos años a que se volviera real, y después… habría que ver si lo real resulta realmente real…
-Entiendo. ¡Cómo no entenderlo!

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