El escritor mexicano Sergio Pitol, un puente cultural entre América Latina y China

In by Simone

Los libros de Pablo Neruda figuran entre los más leídos durante los primeros años de la revolución china. Pablo de Rokha, otro poeta chileno, bautizó uno de sus libros Canto de fuego a China popular y Juan Gelman escribió durante cinco años para la agencia de noticias china Xinhua desde Argentina. Pero pocos escritores o intelectuales latinoamericanos han tenido una relación tan estrecha con China como el mexicano Sergio Pitol.
Aunque el escritor y diplomático mexicano solamente vivió en China durante ocho meses, entre 1961 y 1962, a lo largo de su carrera se ha dedicado a fortalecer los lazos culturales entre América Latina y China, y a acercar la cultura del gigante asiático a la región. La relación de amor de Pitol con China nació por casualidad.

El escritor poblano llegó a Beijing con un encargo de Max Aub, el dramaturgo español exiliado en México: realizaría una serie de entrevistas con políticos e intelectuales chinos para Radio Universidad. Corría 1961 y la República Popular China acababa de romper relaciones con la Unión Soviética, por un desacuerdo con la manera como Kruschev había barrido con el legado de Stalin. Era también la época en que el presidente Adolfo López Mateos intentaba abrir relaciones diplomáticas de México con la China de Mao Zedong, un esfuerzo que se vio truncado por la presión de Estados Unidos.

De las entrevistas radiales Pitol pasó a trabajar para la revista China Reconstruye, con el críptico cargo de “experto extranjero”. Aunque la publicación era esencialmente un órgano de propaganda del gobierno chino, Pitol gozaba de gran libertad creativa y se dedicó a llevar a los lectores hispanos los desconocidos paisajes chinos, el genio literario de Cao Yu y Guo Moruo, o el deslumbrante mundo de la Ópera de Beijing. La capital china era entonces una ciudad volcada sobre las artes, donde la hegemonía de la doctrina comunista convivía con una amplia oferta cultural.

Mis colaboraciones desde Pekín me parecen ahora una absoluta excentricidad, pero tenían entonces muchos oyentes”, recordó Pitol durante una charla en el Instituto Cervantes de la capital china. El novelista, aquejado por una enfermedad que le impide hablar, apenas pronunció palabra, pero preparó un emotivo texto que fue recibido con entusiasmo por un nutrido grupo de estudiantes chinos de español.

Un Pitol visiblemente emocionado recordó cómo lo había hipnotizado la Ópera de Beijing, que describe como “una colmena vibrante de vida y de zumbidos” y un verdadero milagro. “Telas de seda de todos los colores, personajes decorados como con escayola en vez de maquillaje, máscaras coloridas y violentas, unos eran reyes, otros tigres y monos, guerreros y princesas y concubinas que los aman y a quienes ellos aman también desaforadamente, todos saltaban por el escenario, corrían, ejecutaban pantomimas inconcebibles, ejercicios circenses, volaban (…) Después de salir del teatro se requería tiempo para librarse del hipnotismo”.

Uno de los personajes que Pitol tuvo la suerte de entrevistar durante su estancia en Beijing fue Lao She, un novelista y dramaturgo considerado como uno de los primeros escritores modernos en China. “Pasamos por varias alas de la casa, cada una dividida de las otras por un jardín maravilloso, hasta llegar a una sala austera, gris, donde conversamos y tomamos té todo el tiempo”, recuerda el mexicano, que lo entrevistó en su tradicional hútong pequinés. “Era un anciano elegante, prudente en su conversación, pero con un sentido del humor formidable”.

El encuentro con Lao She marcó profundamente a Pitol, tanto como la noticia de su misteriosa muerte en 1966 en plena Revolución Cultural. Pitol viajaba por Italia cuando leyó en un periódico cómo hordas de enloquecidos manifestantes asaltaron la casa del dramaturgo, destruyendo sus jardines y quemando la biblioteca que él había ponderado unos años antes. Esa noche el escritor apareció ahogado en el lago cercano a su casa, en un aparente suicidio que nunca fue aclarado.

Pitol se había marchado de Beijing precisamente cuando sintió que el ambiente comenzaba a cambiar. “China fue convirtiéndose en un infierno. La vida cultural se apagaba y había un único pensamiento, el del Estado. De repente, un fantasma atroz recorrió el inmenso país, sin dejar de atisbar ningún recoveco”, rememoró. Los libros en idiomas extranjeros se convirtieron de la noche a la mañana en objetos sospechosos. El contacto entre chinos y extranjeros prácticamente se acabó. Así que partió a Varsovia, donde comenzó su larga carrera como agregado cultural y diplomático en el Servicio Exterior mexicano. “Sí, había señales torvas pero ni la imaginación más delirante hubiera podido suponer las monstruosidades producidas durante la Revolución Cultural desatada pocos años después”, concluyó.

Casi medio siglo tuvo que pasar para que Pitol regresara a China, alejada ya del dogmatismo que la consumió durante los años 60 y convertida ahora en potencia económica mundial. Su visita en 2006, unos meses después de recibir el Premio Cervantes, le dejó atónito: ante él aparecía una ciudad rejuvenecida por las grandes transformaciones urbanas y por la voraz curiosidad de su juventud. “Todo rebosaba de vida, en las calles de Pekín se respiraba una atmósfera de vitalidad”, señaló.

En esa ocasión el novelista volvió a visitar el hútong de Lao She, ubicado muy cerca de la Ciudad Prohibida y hoy convertido en uno de los museos más importantes de la capital china. Era una prueba convincente de los profundos cambios que han tenido lugar desde los tiempos de Mao.


Casa museo de Lao She, cerca de la Ciudad Prohibida

Y a pesar de que en esos 45 años Pitol tuvo poco contacto con China, en los últimos cinco se ha dedicado a recuperar el tiempo perdido. El mexicano es ahora uno de los escritores contemporáneos de América Latina mejor traducidos al mandarín. Dos de sus novelas, La vida conyugal y El arte de la fuga, se encuentran ya traducidas, y otra más podría sumárseles pronto.

Pitol también se encargó de devolver la atención al país que lo acogió cuando era un veinteañero. Hace cuatro meses la Universidad Veracruzana lanzó una colección de libros traducidos al español por Pitol, que van desde Jane Austen hasta Witold Gombrowicz. Entre ellos figura un relato de un escritor chino por el que el mexicano siente especial cariño: el Diario de un loco de Lu Hsun, que narra la historia de un hombre que comienza a creer que todos alrededor suyo conspiran para comérselo.

Y ahora Pitol regresa a China con una misión muy especial: esta semana se inaugurará en la ciudad de Chongqing, en el suroccidente del país, el primer centro de estudios sobre México en el gigante asiático. El innovador centro, fruto de la estrecha colaboración que han forjado la universidad de Chongqing y la Veracruzana –donde Pitol trabaja-, llevará precisamente el nombre del más chino de los escritores latinoamericanos.

Reportaje publicado en Hoy Veracruz y Hoy Tamaulipas (México).