Los últimos ocho meses han sido para el sur de China, los más secos de la historia en 60 años. Según las cifras publicadas por la Oficina Estatal de Control de Inundaciones y Alivio de Sequías, ha dejado 19.4 millones de personas sufriendo por la escasez de agua potable y ha afectado a 6.48 millones de hectáreas de zonas cultivables en Yunnan, Guizhou, Sichuan, Guangxi y Chongqing.
La sequía se ha convertido en una amenaza natural recurrente que en los últimos años ha afectado, en momentos diferentes y en circunstancias distintas, tanto al sur como al norte del país por la falta de precipitaciones asociadas al cambio climático.
Este fenómeno natural es además consecuencia de la deforestación y del acelerado proceso de transformación de un país agrícola a industrializado, que deteriora el medio ambiente y destruye las fuentes naturales de agua, generando un sur abundante en recursos hídricos que se secan y un norte seco que se desertiza.
Pese a los planes del gobierno para enfrentar la situación no ha logrado equilibrar sus dinámicas de desarrollo con la comparativamente lenta recuperación de los recursos naturales que destruye.
Y hoy, frente a la escasez de agua en el sur responde con paliativos, mientras que inicia la temporada de lluvia, abasteciendo a la población con agua potable traída desde otras zonas, desviando reservas de otras áreas, haciendo perforaciones para utilizar agua subterránea y
generando lluvia artificial.
En el norte los esfuerzos gubernamentales, por subsanar la deforestación de años pasados, se han concentrado en plantar “La Gran Muralla Verde”, el proyecto de desarrollo ecológico más grande del mundo, con el que busca levantar una barrera de bosques protectores de 4.480 kilómetros para frenar la invasión del Desierto de Gobi, que avanza a una velocidad de tres kilómetros por año y que ya se encuentra a unos 150 kilómetros de Beijing.
Pero mientras la muralla crece para resistir la invasión del viento y prevenir la pérdida de agua y suelo, el desierto no deja de azotar con tormentas de arena a las que el gobierno sólo puede responder pasivamente con informes sobre la deteriorada calidad del aire e instar a la población a protegerse.
La contaminación de las aguas
Otra situación es la contaminación de los recursos hidrícos disponibles, un costo ecológico de difícil reversión en el que han salido afectados sus dos ríos más importantes el Huang He (Río Amarillo) al norte y el Yangtsé al sur.
El río Huang He ha perdido un 75% de su caudal desde la década de los 50. Por donde corrían cristalinos aluviones hoy fluyen más de 4.500 millones de toneladas de aguas residuales.
En cuanto al río Yangtsé que acumula catástrofes medioambientales, entre ellas el vertido, en el año 2006, de 26.000 millones de toneladas de desechos, causó que más de una décima parte de su curso se encuentre en situación crítica y un 30% de sus afluentes estén altamente contaminados por amóniaco, nitrógeno y fosfato.
Un informe del Ministerio de Protección Ambiental de China indica que las muestras obtenidas en un cuarto de las estaciones de control a lo largo de diferentes rios, incluidos el Huang He y el Yangtsé , corresponden al nivel VI, es decir que ni siquiera son aptas para riego, nivel en el que se encuentran también el 40% de los 28 lagos más grandes del país.
El mismo documento revela además que un 90 % del agua de los ríos y la mitad del agua subterránea de las zonas urbanas está contaminada.
El gobierno chino se encuentra en un momento decisivo. O reencausa sus políticas ambientales para cumplir con el objetivo de mantener su crecimiento económico acelerado y sostenido o espera a que su crecimiento económico acelerado y demoledor acabe con un recurso insustituible como el agua. Los jucios frente a su contaminación dejaron de venir solo desde el exterior: su gente ha comenzado ya a sentir y ser conciente del peso de la industrialización y la huella ecológica que deja.